Sufro con Cristo
-
Dios mío, padre mío. Aumenta mi fé, pues sabes que me he rendido, sabes que ya no hay sol en mis días grises. Aumenta mi fé pues me siento desolada, y he abandonado a mis hermanos. Aumenta mi fé Dios mío, pues ya me he cansado.
-
CRISTO NUESTRO MODELO
1. Al hombre pecador,
Jehová mostró su amor:
envió a su Hijo, quien nos redimió.
Él es pan celestial
que vida al mundo da;
por él tenemos paz y salvación.
2. Jesús nos enseñó
a orar así a Dios:
“Oh, santifica tu nombre, Jehová.
Tu Reino venga ya,
sí, haz tu voluntad
y, por favor, danos hoy nuestro pan”.
3. Jesús fortaleció
a todo el que le oyó,
le dio consuelo, su fe renovó.
Sembremos, como él,
semillas por doquier;
cosecharemos gran satisfacción. -
Jesus, tu pasion y sufrimiento fisico, y del alma, tu que padeciste, puedes entendernos nuestras cargas, deposito en ti mi fe, confianza y mi amor, nada me turba cuando estas a mi lado, dejame no alejarme mas de ti. Te amo y te doy mi corazon.
-
Ten misericordia de nosotros y del mundo entero
Todo lo puedo en Aquel que me conforta.
La palabra ''sufrimiento'' deriva del término latino ''suferre'' o ''sub-ferre'', y significa soportar: El sufridor es el que soporta cargas. El dolor, aunque es de naturaleza principalmente física, está íntimamente ligado al sufrimiento, que es algo más que dolor del cuerpo. Usualmente, el sentido de ambos términos es intercambiable. Al fin y al cabo, la experiencia de dolor y sufrimiento afecta a toda la persona, a su cuerpo y a su alma, a su espíritu encarnado El sufrimiento es realmente misterioso (mysterium doloris!). ¿Cómo relacionar el sufrimiento con un Dios todo bondad y omnipotente? Lo cierto es que el Dios de Nuestro Señor Jesucristo no es vengativo ni masoquista, sino el Padre compasivo del hijo pródigo. Creemos que Dios es amor (I Jn 4:16) y que hay un Cielo. El sufrimiento es parte del proyecto de la vida humana que se realiza en el amor. Dios no se alegra de nuestras enfermedades; de hecho, en su hijo Jesucristo, compartió el sufrimiento con nosotros. La única respuesta a esa cuestión está en Cristo en la cruz. Por amor, Cristo murió por toda la humanidad. Él no rehuyó el sufrimiento y la muerte: ''Bajó del Cielo para cargarlos sobre sí mismo; no sólo no los rehuyó, sino que hizo algo más: les dio sentido y los iluminó por dentro, transfigurándolos y haciéndolos semejantes a Dios'' (Charles Journet). La muerte es parte de la vida. La vida y la muerte encuentran su significado verdadero en una tercera palabra, que es amor: amor de Dios y nuestro compartir en su amor. Juan Pablo II dice en Evangelium Vitae que el sentido más profundo de la vida se encuentra en el amor, en servir a los otros con amor y por amor. Amar a otros significa, según Gabriel Marcel, decir a ella o a él que ''tú nunca morirás''.
Y como Dios nos ama, nunca moriremos. La muerte, para los que creen en Cristo, significa realmente no morir nunca (cf. Jn 11:26). Así pues, para un cristiano, la muerte, siendo por supuesto importante y también traumática, no es la realidad última, un atributo reservado para la vida eterna con Dios. San Clemente de Alejandría dijo de una manera bellísima: ''Mediante su muerte y resurrección, Cristo convirtió la puesta de sol en amanecer''. Santa Teresita del Niño Jesús dijo, justo antes de morir a la edad de 24 años: ''No me estoy muriendo, sino que estoy entrando en la vida eterna''. Como escribió Rabindranath Tagore, ''la muerte no es apagarse la luz, sino apagarse la lámpara porque ha llegado la aurora''. Enfrentados al sufrimiento y la muerte, recordamos lo que dijo San Agustín: ''Somos el pueblo de la Pascua, y Aleluya es nuestra canción''. Aleluya, es decir, ¡alaba al Señor! A lo largo del peregrinar de la vida, también a través del sufrimiento y de la muerte, tratamos de decir: ''Alaba al Señor, porque Él es bueno y su amor durará para siempre''.
Extracto de una conferencia de Fausto B. Gómez, OP.
Teólogo y promotor del movimiento Vida Ascendente en Filipinas
www.e-cristians.net



