
El famoso ciempiés al que la cucaracha pregunto inocentemente como conseguía mover a la vez tantas piernas con tanta elegancia y armonía. El ciempiés reflexiono sobre el asunto, y desde aquel momento fue incapaz de dar un paso más.
Paul Watzlawick (1986)
Llegados al punto del mantenimiento de la mejoría del Trastorno Límite y sin olvidar las diferencias individuales y los otros aspectos que influyen en la terapia , por lo general las personas han aprendido muchísimo y han dado grandes cambios que mejoran enormemente su calidad de vida, su forma de adaptarse a las situaciones inesperadas o imprevistos y su forma de hacer frente al malestar característico de este trastorno. Se suelen sentir mucho mas seguros, menos confusos, menos perdidos, con mayor esperanza por su futuro próximo y sobre todo mas “merecedores de” Su culpabilidad (generalmente presente) y sus miedos disminuyen notablemente y son conscientes de que “hablando se entiende la gente”.
Esta “etapa” puede ser la más frustrante de todo el proceso. Es fundamental no “confiarse” y estar más atentos que nunca. El motivo es el TERROR que tienen algunas de estas personas a la finalización de la terapia, a dar el siguiente paso, a mantenerse como hasta el momento y hacer “vida normal”.
Cuando una persona aprende y utiliza los recursos que necesita para mantenerse estable emocionalmente, cuando su vacío se ha llenado (en parte) de cosas y/o personas con las que se sienten a gusto, recupera el habito de trabajo o estudios, y sobre todo, cuando no le queda tiempo para pensar en cómo ni por qué ha conseguido recuperarse, es cuando puede llegar a la mente del terapeuta la idea de empezar a distanciar las sesiones y la posibilidad de alta.
Aquí es donde se corre el riesgo de cometer uno de los mayores errores: “proponerlo”. El paciente puede recaer de inmediato, sentir que esta siendo abandonado, puede volver la inseguridad, la desconfianza y la inestabilidad emocional. Todo esto puede provocar y desencadenar una crisis inmediata.
Es cierto que el mayor deseo de estas personas es llevar un a vida normal (aunque alguno familiares digan: “no quiere ponerse bien, si quisiese de verdad no tendría estos retrocesos”) La falta de costumbre a la nueva situación, el miedo a lo desconocido, a no ser capaz de mantenerse estable, a meter la pata y no saber arreglarlo, a decepcionar al terapeuta y/o a sus allegados hace que aparezcan los fantasmas de “no apto para” “ya he dado todo lo que podía dar” “acaso te olvidas de que no soy una persona normal”, etc.. etc.
Parar evitar esto, han de actuar con especial prudencia los terapeutas y, en este sentido, plantear una actitud casi contemplativa: “dejar de hacer”. Permitir que sea el paciente el que tome las decisiones, y el que proponga los intervalos intercesión, el que se dé cuenta de manera natural y , atendiendo a sus necedades, de que su ritmo de vida actual no le permite acudir a terapia tantas veces como desearía.
En este sentido podemos pensar que es como cuando un niño aprende a andar en bicicleta con las ruedas de apoyo. Mientras tiene las ruedas, se sube a la bicicleta con las ruedas de apoyo. Mientras tiene las ruedas, se sube a la bicicleta sin miedo y siente que “todo esta controlado” Al ver que sus compañeros les quitan las ruedas y que andan en bicicleta igual, este niño querrá que también se las quiten a él. Mientras que muchos niños superan ese primer miedo se dan cuenta de que pueden seguir sin las ruedas, otros, por el simple temor a no hacerlo bien o a caerse, se acaban dando un tortazo importante y sintiéndose fracasados. Por eso hay que ir poco a poco, soltándoles a medida que ellos lo soliciten, nunca presionando para que esto ocurra. Hay padres que les sueltan de golpe y hay otros que les dicen “te sujeto” y lo van soltando poco a poco hasta que el niño se da cuenta de que realmente ya sabe hacerlo solo. En la terapia ocurre lo mismo, aunque podamos pensar que la persona ya ha aprendido mucho y que puede seguir sin nuestro apoyo, deber ser la persona la que este convencida de ello.
Fuente:
Fragmento del libro Diamantes en Bruto I
Dolores Mosquera











